Educación Obligatoria

Alegoría: Un comedor obligatorio, por Elena Marquez
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Date sent: Fri, 29 Sep 2006 04:05:03 -0700

Algo que escribí para compartir...

Solo imaginemos... imaginemos que a fines del siglo XIX había tanta hambre en el pueblo que el Estado decidió organizar Comedores para que sean enviados todos los niños. Era necesario proteger las semillas de las futuras generaciones. Por otra parte, las nuevas industrias necesitaban operarios sanos para que realizasen eficientemente su tarea. Es por ello que los Comedores se crearon a su imagen y semejanza.

Se estudiaron algunas dietas equilibradas, independientemente de las costumbres familiares, y es así que el estado impuso algunos platos que pudieran nutrir a los niños para que crecieran sanos y fuertes. Los padres que podían darles de comer en sus casas, lo hacían, en especial si pertenecían a familias reconocidas y acaudaladas. La idea era que el Estado acudiera en ayuda de las familias más necesitadas, para colaborar con la responsabilidad que éstas tenían de alimentar a sus hijos.

Pasaron los años y los Comedores se fueron organizando, se formaron ejércitos de Cocineras y Nutricionistas, que decían qué, cómo y cuándo debían comer los niños.

Poco a poco los padres, de diferentes estratos sociales y con diferente formación cultural, descubrieron lo cómodo que resultaba que los niños se alimentaran en el comedor, evitando así gastos familiares y tiempo dedicado a cocinar. Las antiguas horas familiares, en las que todos se sentaban a la mesa para compartir el pan, en las que no solo se nutrían físicamente, sino que también se alimentaban en el amor, la escucha del otro, la atención a las necesidades de cada uno, las sobremesas en las que la familia compartía ideas, los padres explicaban y daban recomendaciones, pronto desaparecieron. El Estado ahora se hacía cargo de esta tarea. Las protestas de algunas familias que deseaban darles de comer a sus hijos en casa se fueron olvidando y el “Comedor” adquirió gran respeto institucional en la comunidad. ¡Qué harían si no existiese! ¡Qué sería de los niños! Las ideas de hacer más grandes y nuevos comedores se extendieron y es así que en cada pueblo, en cada comunidad, por más que las familias pudieran hacerse cargo de la alimentación de sus hijos, exigían un Comedor. ¡El Estado no podía desprotegerlos! Por otra parte, algunas iniciativas privadas, que pretendían atender a las necesidades de ciertos grupos sociales, abrieron sus Comedores Privados, aunque regulados por el Estado. Si bien en estos Comedores Privados, de postre podían comer otras cosas, la dieta base del Estado era la misma para todos, con el fundamento de igualdad de oportunidades alimenticias. En definitiva, tanto una oferta como la otra, Comedor Estatal o Privado, tenían un menú fijo y los diferenciaban en algunos casos, si se rezaba antes de comer o no, y algunas pequeñas variaciones en los postres.

Después de cien años, básicamente las Dietas que en estos Comedores se daban seguían siendo casi tan viejas como las que diseñaron las primeras Nutricionistas. Los niños se quejaban continuamente, muchos tenían serias dificultades para comer los platos que les presentaban, al punto de provocarles serios trastornos alimentarios (esto tanto en Comedores Privados como Públicos). En casa los padres comían otras cosas y los niños estaban obligados a comer lo que el Comedor imponía.

Cuando algunos padres tenían la osadía de quejarse en el Comedor, ante las Cocineras o ante el Inspector de Comedores, esto era mal visto. Seguramente estos eran padres que deseaban consentir a sus hijos con comidas “hechas en casa”, criando niños caprichosos y indudablemente con serias dificultades en el futuro, debido a las deficiencias alimentarias a los que los someterían estos progenitores, al no seguir las indicaciones de las recetas del Comedor.

Estos niños de padres quejumbrosos eran vigilados de cerca en el Comedor por las Cocineras, seguramente intentarían evitar tragarse los bocados que ellas habían preparado. Y si algún niño decididamente ya no comía, era enviado al Médico Nutricionista para que averiguara porqué no quería comer lo que se daba en el Comedor. Seguramente tendría algún trastorno, pues la mayoría de los niños comían desde hace años lo mismo, y los ya crecidos no estaban tan mal.

Es cierto que muchos Comedores perdieron algunas características de su época de esplendor. Vidrios rotos, cocinas humeantes, falta de gas, inclusive algunas de las verduras y carnes no eran provistas por el Estado, pero sin embargo nadie podía poner en duda el valor del Comedor en su función social de alimentar niños fuertes y sanos.

Cada vez había más niños, pues la población había aumentado y las Cocineras no daban a vasto. Las sopas estaban algo aguachentas porque debía alcanzar para todos, aún a costa que cada uno recibiera menor valor nutricional.

Los padres se daban cuenta de que algo estaba mal en el Comedor, pero les habían dicho tantas veces que ellos no eran los mejores indicados para alimentar a sus hijos, que tenían miedo de llevar a sus niños a casa y hacer la comida ellos mismos. Inclusive nuevas tecnologías estaban en las casas de muchos niños: hornos a microondas, batidoras, licuadoras, servicio de supermercado a domicilio, nuevas recetas que llegaban por Internet, que les podían ayudar a decidir cuál sería la mejor dieta para sus hijos, según las necesidades de cada uno. No podían comer lo mismo niños asmáticos, que niños alérgicos, niños obesos que niños delgados, niños deportistas que niños músicos, en fin, cantidades y variedades de niños con gustos diferentes y necesidades distintas. Incluso muchos padres recordaban algunas recetas familiares tradicionales que casi se habían perdido. Cien años implica varias generaciones que también se habían alimentado en los Comedores. Era difícil ver que el Comedor no era imprescindible, a pesar de reconocer que no respondía a las verdaderas necesidades de los niños. Los padres se sentían culpables si no enviaban a sus hijos al Comedor ¿y si luego no lograban ser adultos saludables y fuertes como tantas veces habían profetizado los Nutricionistas?

A pesar del temor, y viendo a sus hijos debilitarse en los Comedores, ante el testimonio de los padres que no habían logrado crecer saludables y fuertes a pesar de haber comido cada día de sus vidas en el Comedor, (porque recordemos que cuando salían de la institución llevaban viandas a casa que debían tragar en sus horas libres y sus padres debían ayudarlos en esto), algunos decidieron sacar a sus hijos del Comedor.

Al comienzo darles de comer en casa consistió para muchos, en tratar de imitar lo mejor posible las recetas del Comedor. Pero al ver las caras tristes de sus hijos, algunos padres pudieron enfocarse en las necesidades de cada uno: éste más hidratos de carbono, aquél más proteínas, más vitaminas y calcio para el más pequeño, cada uno con refuerzos individuales. Pero lo mejor de todo era la posibilidad de compartir la comida entre todos. Las familias, antes aisladas, volvieron a encontrar en la responsabilidad de alimentar a sus hijos, su función primigenia. Volvió a tener sentido ser una familia amorosa, con tiempo para los niños. Además las nuevas tecnologías facilitaban la tarea. El horno a microondas cocinaba más rápido lo que antes demoraba horas. Las familias con menos recursos se agrupaban en comunidades y esto les permitía compartir esfuerzos como huertas, gallineros, cría de conejos y hasta un horno a microondas para compartir, sin renunciar a su responsabilidad de alimentar por sí mismas a sus hijos. Inclusive algunas familias que no tenían recetas para cocinar y preocupadas si lo estaban haciendo bien, acudían a los Comedores para recibir alguna orientación, pero era solo eso, orientación. Ellas mismas luego se encargaban de hacer su propia comida, imprimiéndole a cada receta su sello personal.

Después de un tiempo, de largas protestas de todos los que participaban de los Comedores, por fin parecía que el Estado estaba escuchando las quejas, y la transformación del Comedor comenzó a anunciarse. Las cosas no funcionaban bien en él. No estaban contentos ni las Cocineras, ni los padres, ni los niños.

El Estado entonces decidió hacer los cambios necesarios. Había que recuperar la función del Comedor.

Todos esperanzados miraron hacia las autoridades y la propuesta de cambio finalmente se hizo. ¿Se pensaría en un nuevo modo de dar de comer a los niños? ¿Se colaboraría con las familias apoyándolas en su función de alimentar a sus hijos? ¿Se darían nuevas recetas, acordes a los nuevos tiempos, a los nuevos niños? ¿Se transformaría el Comedor en un centro de apoyo a la familia, permitiéndole ver diferentes alternativas, de acuerdo a cada necesidad?

No…el Estado decidió que él y solo él sería capaz de resguardar el derecho de los niños a alimentarse, por encima de los padres. Todo el peso recaía sobre las Cocineras, que con magros sueldos intentaban cumplir con una tarea que excedía sus posibilidades: ¿Cómo iban a atender las necesidades alimenticias de cada niño, con el comedor lleno, además de ser las receptoras de las diarias quejas de los padres? ¿No era injusto lo que el Estado les pedía? ¿Tenían que alimentar tantas bocas, con un mínimo de recursos y sin poder atender a las diferentes necesidades alimenticias, por más que las identificaran? Ellas también podían ver muchas caras tristes en sus salas, pero no sabían como responder a necesidades tan variadas. Y casi instintivamente, las Cocineras se agrupaban entre ellas, intentando defenderse de los padres que les reclamaban por sus hijos. El Estado las ponía en un callejón sin salida.

Quienes esperaban los cambios propuestos por el Estado ante tantos pedidos vieron como aquél, en una actitud autista, se miraba a sí mismo y retomaba el pasado, dejando pasar la maravillosa oportunidad de mirar el presente y por consiguiente desdibujaba el futuro de una sociedad que necesita ser construida desde sus bases: las familias.

Esta historia aún no termina…queda en manos de los padres reclamar sus derechos. El Estado y los padres no debieran enfrentarse; el Estado está para resguardar los derechos de los ciudadanos, no para apropiárselos. Y las Cocineras, bueno, a ellas debiera permitírseles ser las manos extendidas del Estado que llega a cada familia que las necesite, si ésta la reclama, para colaborar en la tarea de alimentar a sus hijos.

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Fecha: 02:52 - Mar 10, 2015